

Ese día teníamos previsto visitar la ciudad vieja de Panamá. Por la mañana tomamos nuestro “busito” y siguiendo las indicaciones del navegador, llegamos sin demora hasta una zona que presentaba un aspecto anárquico y descuidado. Parecía un lugar interesante y prometedor para la fotografía. Aparcamos en el primer hueco que vimos y comenzamos nuestra caminata en sentido contrario al que veníamos. Acertamos. El casco viejo es un agradable barrio lleno de calles limpias y vida animada, rebosante de casas, habitualmente de dos pisos, impregnadas de vivos colores. Da la sensación de que libra una batalla por mantenerse en pie y recuperar parte del antiguo esplendor perdido. Son muchos los edificios que se encuentran en rehabilitación, obras que muestran claramente la apuesta que hacen los panameños por recuperar una de las principales señas de identidad de su ciudad.
Para finalizar la visita, nos dirigimos hacia la primera zona, esa que presentaba un aspecto lamentable y que lindaba con el lugar donde habíamos aparcado el vehículo, justo en la frontera entre las dos partes del barrio, pero la policía turística nos paró.
– Policía: ¿a dónde van?
– Nosotros: hacia allí, -señalamos con la cabeza. Queremos ver la zona del barrio por la que entramos con el “busito”.
– Policía: mejor no. Esa es “zona roja”, muy peligrosa. Si van por ahí, les robarán.
– Pablo: pero si somos muchos.
– Policía: sí, pero ellos son más.
– Pablo: pues nos acompañáis vosotros.
– Policía: lo siento señor, pero ahí no entramos. Esta esquina es nuestro límite y de aquí no pasamos. Mejor den la vuelta.
Nosotros, que somos gente sensata y de orden, eso hicimos, subir a nuestro “busito” ante la atenta vigilancia de la policía y salir zumbando de la “zona roja”.
Conclusión; ¡qué atrevida es la ignorancia!